miércoles, agosto 05, 2009

El lobo

Todas las noches regresaba a casa recorriendo las mismas calles, que solo se diferenciaban de sí mismas por los sucesivos cambios de estaciones. También por la indumentaria de los transeúntes con que se cruzaba que, siendo los mismos, pasaban de ir con ridículos polos de colores claros a vestir elegantes abrigos mal llevados. El invierno confería a la ruta diaria, por un lado, la frialdad propia de ese tiempo y, por otro, la calidez y el abrigo de las casas iluminadas, intuidos desde afuera.

Se trataba de un señor, en esencia, gris. Gris por fuera y gris por dentro. En cuerpo y alma. En fondo y forma. En sí mismo y a ojos de los demás. Gris como un lobo malherido, agonizante a metros de un camino, que ya haya perdido toda la dignidad propia de su naturaleza. Un hombre con un pasado difuso, un presente incierto y un futuro malgastado ya de antemano. Uno de esos hombres que, aun físicamente aceptables y razonablemente jóvenes, alejan a las mujeres anhelantes de un macho seguro de sí mismo, potente y orgulloso, competente protector de la prole y confortable cobijo de la fémina en los días en que no le apetezca jugar a las ejecutivas-asexuadas-indiferentemente-provocadoras. No, este no era un macho alfa; como mucho, el lobo solitario que de vez en cuando se queda con las crías cuando la manada tiene que hacer cosas de más interés, dejándolas a su cargo no sin alguna mirada de reojo al inicio de la partida.

En su recorrido habitual, en el que por cierto sólo se fijaba de noche aunque lo recorriese a diario en sentido inverso también por las mañanas, pasaba siempre frente a una tienda de muebles, tiendas estas que nunca dejan indiferente a nadie: ni a las parejas o familias porque ven en ellas una confirmación a su proyecto común, ni a los desgraciados como el hombre gris porque piensan al verlas en las familias y las parejas. No solía atender a los artículos del escaparate (no sería capaz, ni con los años, de decir un solo mueble que estuviese expuesto), tan solo se quedaba en su retina aquella luz blanca del interior, en medio de la noche, que permanecía así hasta la mañana siguiente mientras las luces del edificio, más arriba, se irían apagando una tras otras pocas horas más tarde.

Una noche como cualquier otra, pasando por ese mismo punto, vio en el escalón de la puerta algo que le llamó la atención. Era un perro. Estaba echado, enroscado sobre sí mismo, sucio y con clara apariencia de estar abandonado, aunque no parecía herido. No sin antes asegurarse de que nadie pasaba por allí, el hombre se paró unos segundos a escasos metros del perro, mirándolo sin poder apartar sus ojos de aquella figura. La escena se repitió desde aquella vez noche tras noche, a la luz de un par de farolas y de la propia tienda. El perro ya parecía reconocerle, aunque no hacía ninguna señal, ni de contento ni de disgusto.

Durante el día, el hombre pasó de no pensar en nada, lo habitual en él, a esperar con ansia el regreso a casa para ver al perro. Incluso un día, armándose de valor, se llevó algo de comida de lata para, a la vuelta, dársela al nuevo objeto principal de su existencia (él mismo también era consciente de esta realidad, pero no parecía importarle demasiado). El perro la aceptó, con la misma desgana con que actuaba siempre, y el rito se repitió desde entonces.

Una noche como otra cualquiera, en que iba con la ración de comida acostumbrada, el hombre llegó a la tienda y no vio al perro. En su lugar, exactamente en el mismo sitio, se encontraba ahora un hombre. Un indigente, sucio y harapiento, seguramente borracho e inconsciente, con los ojos entornados. El hombre gris quedó petrificado. De pie, continuó mirando a aquel extraño, sin importar por una vez que pasara gente a su alrededor que pudiese verle. Estuvo así mucho rato, respirando de manera entrecortada, con las fosas nasales muy abiertas y las muelas apretadas, en la mano la bolsita con el regalo diario. Se movió involuntariamente, de la misma manera en que se paró. Tiró la bolsa al primer contenedor que se encontró y se encaminó casi corriendo a casa. Cerró la puerta tras de sí y volvió a permanecer de pie, con la luz encendida, mirando a la nada, durante varios minutos. Afuera hacía una noche despejada, pese a lo cual salió de casa con su paraguas largo de empuñadura de madera. Se dirigió a zancadas a la tienda. Ya no había apenas nadie en la calle. El mendigo seguía allí, con un ojo completamente cerrado y el otro entornado sin dar la sensación de percibir nada, como alguien que está mitad muerto y mitad dormido.

Los primeros golpes fueron de rabia. Los últimos fueron precisos y exactos. Tiró el paraguas al mismo contenedor que la bolsa y se fue a casa, acostándose con su traje barato puesto. El perro volvió al lugar algunas veces más hasta que cambió de idea o lo atropelló algún coche, quién sabe.

El disparo

Respecto a aquello que te dije, olvídalo. Me he dado cuenta de que no valgo para ello ni para ninguna otra cosa. Además, ya estoy harto de estar siempre esperando en una parada de autobús a mediodía; es muy triste y desagradable. ¿Por qué siempre soy yo el que tiene que hacer el doble para conseguir la mitad? Parece como si la hierba, las piscinas y las terrazas de los bares fueran para los demás, por no hablar de las cosas que realmente importan. Lo único que me mantiene aquí es que la opción alternativa es todavía más idiota y siempre hay tiempo. Supongo que es una ficticia victoria personal que me gusta concederme. Y lo peor es que el tiempo se me acaba o, mejor dicho, se me escapa. Se me va de entre las manos a pequeños granos siempre ridículamente pequeños y livianos, nunca hay nada que realmente tenga consistencia. Tengo que esperar siempre a la tarde para dar una bocanada de trascendencia crepuscular como si el resto del día hubiese sido una ficción sin repercusión en mi vida y que no fuese a repetirse al día siguiente, ni al siguiente, ni al otro.

No hay nada que indique que esto vaya a cambiar algún día, sólo veo margen para que empeore y creo que ya es crónico, si no lo ha sido siempre. ¿Sabes qué? Ahora lo tengo claro. Hay que hacer algo realmente grande, me da igual en qué sentido. Me es igual una gran obra que una enorme crueldad, sólo quiero ser capaz de hacer lo mejor o lo peor, o ambas cosas, pero poner fin de una vez por todas a tanta tibieza. Y quiero también que, por una vez, de mis actos deriven consecuencias igualmente extremas; prefiero una horca o un paredón a una tortura china de pequeñas gotitas, una detrás de otra siempre con la misma frecuencia, siempre, como ha sido siempre en mi vida, cada gota inofensiva pero minando todas juntas mi existencia, mi tiempo y mis esperanzas.

Comprenderás por tanto que esté haciendo esto. Por supuesto que no tengo nada contra ti, es simple casualidad, mala suerte. En una película habría un giro en el último momento: alguien (el bueno) vendría y te salvaría y a mí me daría mi merecido. Pero eso no va a pasar y tampoco quiero ser cruel, sólo divagaba.

Lo siento. Adiós…

lunes, agosto 03, 2009

Vacuus

Desde dentro del paseo matutino se ven las calles cayendo unas encima de las otras como piezas del tetris, mientras la cabeza da vueltas y vueltas alrededor de unas pocas ideas centrales insistentes y pertinaces, inamovibles en su inconcreción. Los colores, sonidos y olores son internos, generados por uno mismo y proyectados hacia fuera, pegados sin demasiada fijeza a muros y paredes ya llenos de grafitos y carteles sobre productos y conciertos de jóvenes con ínfulas de inmortales. Uno se pregunta si busca simplemente algo perdido mucho tiempo atrás, algo abstracto, no conocido, que explicaría la propia existencia y transcurso de la vida hasta el momento, como el epílogo de una obra que cierra el círculo, un último giro de argumento como la dovela central que sostiene y da sentido a las demás en un arco de medio punto. El resto de personas oscilan entre su papel de culpables y obstáculos de la grandeza propia no desarrollada y el de pobres ignorantes e inocentes, susceptibles del perdón del uno mismo magnánimo, tan grande aunque tan limitado. Las sensaciones son demasiado contradictorias, caleidoscópicas e imposibles para toda hermenéutica, menos aún propia pero tampoco exógena. Como escape, la idealización de una alcanzable simplicidad a mitad de camino entre bucólica y ascética asociada casi irracionalmente a la figura de una barra de pan recién comprada con vida propia, compañera-de-sillón-post-baño-veraniego, confidente y voluntario alimento físico y espiritual en contraposición con ágapes y viandas asociados a una vida más estridente, superficial y esclava-excluyente de sí misma. Quizá lo que falte sea la conclusión a una introducción y un nudo o desarrollo demasiado prolongados en su fracasado intento de ser un todo, o quizá sólo se trate de falta de pericia a la hora de vivir.

viernes, julio 10, 2009

De todo un poco


Viendo y comprendiendo las causas y consecuencias de todo cuanto acontece en el universo, el sentido de todas las cosas y todo lo que concierne a los seres humanos, no puedo sentir otra cosa que no sea indiferencia. Solo puede odiarse, querer, amar, temer aquello que no se entiende plenamente, que no puede reducirse a una función matemáticamente representada, con sus teoremas prefijados.

Pues no somos más que eso. Partículas minúsculas encerradas en un momento infinitesimalmente ridículo dentro del vasto océano del tiempo. Predecibles, determinados, consecuencias de causas desconocidas e incomprensibles, intrascendentes como la más mínima china en el zapato de un indigente. En esta escala no hay diferencia entre el asesinato más cruento y cobarde y la más loable obra de caridad, entre la caricia desinteresada de una madre y la fría mueca de un traficante...

Otra vez lloviendo.

viernes, junio 05, 2009

Llaman al portero automático

A la calle con zapatillas verdes, o negras, a oler la humedad de la tierra en primaveras de tormenta (los truenos hacen «brrrummm»), que qué bien se está cuando te da todo el viento en la cara y te echa el pelo hacia atrás, como si se llevara todas las nimiedades que preocupan a una persona y le hacen parecer un pusilánime. Te puedes sentar en un escalón de mármol ligeramente sucio (sólo de polvo) y ver una de esas tardes más largas de lo normal mientras a lo lejos salen toros de lluvia y nubes negros como el mañana, que hoy obviamente no existe y por eso es negro. Dan ganas hasta de coger un bolígrafo y el cuaderno de matemáticas y hacer logaritmos y derivadas, e incluso alguna ecuación en diferencias. Pronto abrirán las piscinas y los niños tragarán su dosis anual de hipoclorito de sodio o calcio; en septiembre los peluqueros les reñirán.
Y resulta que no parece que todo esté perdido, así de cruel puede ser la vida. Un relámpago, un trueno; un relámpago, un trueno; un rayo, un trueno. Gotas grandes y viento húmedo y unos niños jugando a fútbol en un patio privado, hundiendo las zapatillas en la hierba mojada y fresca. En el edificio de encima, en la cuarta planta, un hombre se pone una camisa y una americana sin enterarse de qué va la historia.

Entérate

Salió de casa decidido a decirle que la quería, pero en el camino empezó a pensar en los osos panda comiendo bambú, en los pollos asados con patatas fritas que compraba los domingos, en su bicicleta con los colores de la bandera de Extremadura, en lo mal que lo pasaba cuando su madre le hablaba con cariño o su padre sonreía con franqueza, en la Gran Guerra del 14 y la crisis del petróleo en incluso en su perra blanca y negra, que tenía bastante personalidad.
Lo hacía para armarse de valor, pero sólo consiguió darse cuenta de que nunca había querido a nadie.

lunes, abril 20, 2009

No habrá más junios

En serio, hoy había un montón de cacharros, juguetes, atracciones, colores… Podías subirte donde quisieras, y también había algodones de azúcar, manzanas de caramelo y muchas, muchas más chucherías. Ibas andando por la tierra, era todo una especie de arena, y las caravanas de los feriantes estaban en el exterior, con perros atados que te ladraban si te acercabas. Cuando salíamos ya estaba encima la luna, enorme, y llegaba un montón más de gente que entraría a ver y a montarse en lo que nosotros ya habíamos estado. Pero vi algo extraño justo antes de salir. Yo iba cogido de la mano y, al doblar una esquina, aún dentro del recinto, vi a un señor alto, joven, que me miraba fijo. Se parecía un poco a… No, de hecho, se parecía más a mí. Como si fuera yo dentro de un montón de años, ¿sabes? Estaba allí parado, con aire ausente, con un rostro muy triste que me llenó de espanto. Y no dejaba de mirarme. Era como si me dijese adiós con sus ojos. Como cuando se dice adiós a alguien a quien hace mucho, mucho tiempo que no ves y ya estás despidiéndote de nuevo de él antes de saludarle, quien sabe si para siempre. Me siento muy extraño, como si fuera a desaparecer de un momento a otro. Por cierto, ¿por qué hablo así si soy un niño?

martes, abril 14, 2009

Horizontal

Un hombre. Dos. Tres.
Uno al fin, sonando.
Uno al fin, yéndose.
Dos, tres, cuatro, fríos, mirando.
Uno, yéndose.
Uno, dos. Solo dos.
Un hombre. Todos. Ninguno.
Todo. Nada.
El sol, más arriba.

miércoles, febrero 18, 2009

Encuesta

1. ¿Está usted satisfecho con su/la vida o preferiría tener un perro?
2. ¿A qué edad aprendió a nadar? ¿Culpa a sus padres por ello?
3. ¿Cree que tener dinero es difícil? Si la respuesta es afirmativa, ¿a qué cree que se debe su error?
4. ¿Le gustan más las rubias o los chicles?
5. ¿Se define de izquierdas, de derechas, de centro o extremeño?
6. ¿Cuál es su programa preferido después de «Saber y ganar»?
7. ¿Odia usted a los madrileños? Sí, ¿verdad?
8. ¿Es de los que de niños les ponían nombre a sus bicicletas?
9. Si tuviese que comer algo con ajiaceite (alioli), ¿qué sería?
10. ¿Le ha parecido útil esta encuesta?
11. No, eso era todo. Ya no hay más preguntas.

lunes, febrero 16, 2009

Anónimo

En un tiempo anterior a los hombres y animales, a los dioses y el miedo, existía una gran piedra en medio de un paraje yermo, con la sola compañía durante un periodo incontable de tiempo de vientos aulladores, lluvias torrenciales y lunas y soles gigantes. Miles de años más tarde pasarían cerca de la piedra predadores en plena caza, animales alados sobre ella y, en el tiempo en que yo vivía, una carretera asfaltada con varios carriles. Cientos de miles de años después la piedra habría de encontrarse de nuevo en la más completa soledad. De mí no puedo contar lo que fue.

martes, enero 20, 2009

Tardes y noches, tardes y noches (continuación y fin)

¿Por qué vertían arena los camiones en la playa? Muy fácil: porque no había la suficiente para cubrir el espacio desde el final de la playa hasta el comienzo del mar, quedando en medio un hueco como el que hay entre el vagón y el andén, de modo que cualquier bañista podría sin querer meter el pie y hacerse daño cuando intentase llegar al agua. Y he aquí que en la playa estaban todos: estaba el hombre-detrás-de-la-valla, la mujer con el perrito, el niño de los tomates en los calcetines, el increíble hombre bala, el señor-que-nunca-estuvo-en-Colonia, la señora simpática que andaba raro y todos, todos aquellos que alguna vez se cruzaron con alguien en su camino a casa. Y todos le decían adiós con la mano a un satélite que en aquel instante pasaba justo por encima. Mientras esta escena acontecía, el hombre en el porche la veía a mundos de distancia, mientras con una mano a mitad de camino entre lo insondable y lo tangible intentaba eliminar el molesto ruido que borraba sus universos y le introducía en una oscuridad que no dejaba de serle familiar.

domingo, enero 18, 2009

Tardes y noches, tardes y noches

Un hombre estaba sentado en el porche de una casa, en una silla blanca, con un cuenco de frutas a un lado y una escopeta al otro. Encima, sobre su cabeza, flotaba un libro de derecho y a sus pies había un pescado autóctono. Observaba delante de él a una fila de chicos que iba (o venía) al colegio, todos con sus uniformes amarillos y todos negros, sonriendo y cantando algo que no tenía nada que ver con muebles sobre los que poner un televisor. Según una leyenda autóctona, aquella casa se encontraba donde antes había un camino por el que los chicos iban al colegio cuando eran más jóvenes. Mientras estaba sentado, mirando azules y más azules entre verdes (nunca entenderé por qué no hay ninguna bandera azul, verde y marrón, sería lo lógico), el hombre pensaba en poner en orden pensamientos y sensaciones, pero jamás se le ocurrió inventar una historia para ese propósito y por ello tampoco yo lo hago ahora. Pensaba en aceras, en grapadoras, en césped, en moquetas, en leones marinos en la costa africana y en ratoncitos de ordenador, como esas botellas divididas en dos, cada parte con un licor diferente que se vierte a la vez que el otro. Había una música que era un pez naranja que bailaba entre estas imágenes fundiéndose con ellas. Cada parte de la botella tiraba de él y prefirió volver a la seguridad de la escopeta y de la fruta, quedándose sólo el pez mirándole fijo, de frente, hasta que se diluyó con el último murmullo de uno de los negritos vestidos de amarillo. Lejos de allí, camiones vertían más arena en una playa a primera hora de la mañana para los primeros bañistas pero, aunque esto tenga que ver con el hombre del porche, ya habrá tiempo de volver a ello algún día.

miércoles, diciembre 10, 2008

Invierno

Sábana, cortina, ventana, brisa, mañana, verano.
Dulce, otoño, tarde, agua, Lisboa, luz.
Piano, tarde, luz, oficina, invierno, lluvia.
Piel, paisaje, tren, soledad, espera, invierno.

Ahora es imposible imaginar la primavera.

jueves, diciembre 04, 2008

Reserva

En una calle desierta no caben más personas que en una cuartilla o un recuerdo días antes de Navidad. Una cena de empresa es, en días antes de Navidad, en días de sepia, en días en gris, en días nevados sin nieve ni regalos, en la verdadera navidad antes de la Navidad, el momento perfecto para poner personas y cenas de Navidad en una cuartilla mientras se miran por la ventana las calles desiertas llenas de restaurantes y luces navideñas apagadas.

martes, noviembre 25, 2008

Islas

Una vez un hombre naufragó en medio del océano, yendo a parar a una pequeña isla. Tenía una montaña no muy alta a la que no era difícil subir y que, si no servía para mucho en aquella situación, sí podía amenizar la forzosa estancia con sus vistas. Nada más subir a la cima pudo ver, frente a él, otra pequeña isla, aparentemente del tamaño de la suya. Ambas islas eran todo cuanto podía verse aparte del mar infinito. Y en la otra isla, otra pequeña montaña parecida a la de la suya.
Al cabo de un tiempo de escudriñar la otra isla y su montaña le pareció ver algo extraño en su cima. Parecía un pequeño bulto que se movía casi imperceptiblemente, pero no como las hojas y ramas de alrededor mecidas por el viento. Semejaba… Pero no, no podía ser.
Siguió mirando aquel extraño objeto, cada vez más angustiado. Sí, era como si moviese…, como si moviese la cabeza. Era como un ser humano, sentado como él, como él mirando la otra isla. Ahora sí podía decírselo a sí mismo: aquello en la cima de la montaña era un hombre.
De repente pudo ver cómo movía de nuevo la cabeza y supo que en ese instante, y por primera vez, aquel hombre le había visto. Ahora clavaba su mirada en él, tapándose con su mano la luz del sol para ver con detalle. El extraño fue incorporándose, lentamente, sin dejar de observarle. Permaneció incorporado un momento y, cuando pareció que se había asegurado de su presencia, volvió a sentarse muy despacio. Unos segundos después se incorporó de nuevo, dio media vuelta y se sentó de espaldas a la isla gemela, mirando hacia el mar que antes tenía atrás.

miércoles, noviembre 05, 2008

Y Nueva Orleans

En la hierba que crece frente a las casas está presente la muerte.
La vida se celebra a sí misma en la boca de la negra vieja sin dientes.
El aire en la calle es denso como las alcobas de viudas sin nietos.
Los coches son largos y el horizonte amplio.
Y todos los días son mañanas de domingo.
Y las tardes saben a la última tarde.
Aquí no hay lugar para orquestas ni arquitectura clásica, pero están y son naturales como la basura tirada en mitad de la carretera. Paganismo que es misa sin fin, con órganos resonando por las vidrieras de las calles. Sin ilusos que piensen vivir para siempre.

miércoles, octubre 29, 2008

You see - epitafio - Long Island - genuflexión

Acabo de percatarme de que tenía las manos entrelazadas delante del rostro, a la altura de la boca, como si estuviera rezando, como lo hacía cuando rezaba. Y me he dado cuenta de que el gesto es de súplica, arrepintiéndome inmediatamente de haberlo adoptado, aunque fuese involuntariamente. Sin embargo, no he deshecho la postura y, como la magdalena mojada en té a alguien que ahora mismo no recuerdo, me ha llevado a un tiempo, no sé si perdido, en el que…

El narrador no pudo continuar porque murió en ese instante. El piano sonó y la tarde siguió cayendo. Al día siguiente volvió a salir el sol y él no lo vio. Ni al siguiente, ni al otro. El piano sonaba dentro del ataúd y no lo escuchaba.
No pasa nada. También murió Walt Whitman y el que viajó para ver su tumba. Y lo hará quien tengo ahora a mi lado.
Sólo está muerto quien dejó de vivir hace poco.
Y empieza, de nuevo, la melodía.

martes, octubre 28, 2008

Síntesis o vita brevis

Ya está bien, ya estoy cansado. Debo regresar a lo que nunca he dejado de ser para acaparar la soledad, amasarla y cuidarla, entregarla con cuentagotas y apartar de mí el cáliz de la desazón, porque no soy más que sol y azul y silencio y grillos y perros en la tarde. Y ya lo he dicho muchas veces: aquí estoy, aquí he estado siempre y nunca me he ido. He visto más cosas de las que necesitaba ver y he sufrido sin hacerme más fuerte. Me he engalanado sin fiestas a que ir y he bebido de copas oxidadas. Es hora de volver a casa, a la casa blanca que me espera desde antes de haberla pisado por primera vez y sentir las ausencias con la calma del que no espera nada en mitad del día. En esta vida sólo merece la pena desasosegarse por un vestido blanco en la primavera y todo lo demás es falaz. Hasta el mar es mentiroso en verano.

jueves, octubre 23, 2008

Eh, tú; fuera

Se tambalean los pilares de la persona y el esqueleto sobre el que se montaban accidentes y años se vuelve frágil como palillos. ¿Seré yo este que duda ahora o el invento del que ahora dudo? ¿Cómo me ven y me han visto las piedras, perros y personas? No parece posible haber sido algo tan ridículo, o quizá sí. ¿Es que hay algo ahí fuera que necesito interiorizar, asumir en mi ser como la pieza reparada que hace andar a un coche? ¿Me será lícito aspirar a trascender cuando me estanco en lo cotidiano, frustrándome por lo que altivamente desdeño cuando ya ha pasado el suficiente tiempo y se ha respirado otro aire más fresco? ¿Tengo derecho a mirar para otro lado sin alejarme del aliento del interlocutor que desprecio? Y qué podría hacer para redimirme… Tumbarme en la hierba, mirar pasar nubes, otear la ciudad desde la distancia.
Mis letras son tan mentira como mis actos y aun menos honestas, porque no se exponen a consecuencias. No tiene mérito gritar a los de abajo cómo han de torear.
- Pero, ¿cuál es y dónde está mi toro?
- No. La pregunta es: ¿estás ya vestido de luces?

miércoles, octubre 22, 2008

Las horas

Sólo, al menos, una vez más. Antes de que nos arrastre el miedo y la locura. Antes de que nos demos a la bebida del pasado. Antes de que nuestros dedos se conviertan en la tierra blanca sin tristeza ni esperanza. Voy a cantar los mares resonantes y los anhelos de la adolescencia más tardía, las lágrimas por niñas ignorantes y los hermanos compañeros en la noche. Las sábanas blancas que arropan los presentes fugaces y la indiferencia de quien ahora la necesita. El tiempo que se escapa por los días como rocío resbalando por la espalda y tú me miras sin saberlo sobre montes cargados de cordeles con ropitas de niño y camisas perfumadas. No soy más que el que vino para cantarte a través de sus ojos sin llegar a abrazarte, quien se planta en la orilla vislumbrando cómo habrá de recordarla cuando la piel de las manos esté más lejos de los huesos. Tendré cien años y aún iré a recoger la pelota debajo de aquel coche que lleva allí mucho tiempo, porque os conocí de niños y así permanecéis, al menos en mis hojas.
No hace mucho pensé que podría empezar de cero; no era lo suficientemente viejo. Ahora sé que para recordar algo es necesario perderlo. Me he quitado el traje y he mirado a la cara al niño que corría hacia mí gritando «eres tú, oh sí, tú» y entonces te he visto a ti y a ellos y a todos en medio de playas, de plazas, de campos, de cielos, entre bocadillos envueltos en papel de plata y cantimploras de agua que sí desemboca.
No, no reniego de mí. Pero a veces me sonrío con indulgente ternura, como una madre que llama a merendar desde la ventana. Seguiré acumulando trazos de mí mismo hasta la última ráfaga de aire, hasta que la grúa se lleve el coche debajo del cual siempre van a parar todas las pelotas extraviadas.

lunes, octubre 20, 2008

La primera vez pensó que era la última y lo fue

Es (y no) posible que esta sea la última vez que escriba. Es (y no) posible que toda esperanza me haya abandonado. Creo (quizá no) que el sol no saldrá mañana tan redondo como solía. Temo (sí, temo) que no haya estado aquí antes.
Un refugio lo es cuando no se habita permanentemente y no se puede amar a quien nunca has visto aburrirse. La locura solo acecha de día y a quien jamás ha comprado un periódico. ¿Tenía mujer el hombre del saco?
Reacciona, me dijo. Pero nadie me dijo nunca que estaba mejor callado, aunque siempre lo sospeché. Dijo, cariño, salgo a comprar croquetas (ultracongeladas); nunca más volvió a la misma hora.
¿Es mejor esto que hacer alguna tontería? Supongo. ¿Tiene algún sentido esto que digo? También. ¿Me amarías tal como era si te dijera que lo fui? Te creería, pero no.
Pues adiós, entonces. Seguiré caminando por tierras duras que borran las pisadas poniendo cuidado en no meter el pie en huellas de otros. Igual me muero de hambre, frío, soledad y recuerdos pero, por más que ahora me pese, la culpa no habrá sido tuya.

miércoles, octubre 15, 2008

Interludio


miércoles, septiembre 17, 2008

Sencillo

Soy un hombre. Siempre me gusta el color azul porque no soy ordenado.
A veces, como hoy, tengo sed. Me gustaría que el agua siempre fuese azul para pensar en todos los ojos azules y grises y verdes y claros cuando la bebiese.
Me gustan los dedos. Me gusta que sean finos y alargados. No me gustarían tanto si fuesen redondos o si no tuvieran huesos.
A veces pienso que la gente me gustaría más si fuese más delgada y alta, más etérea y frágil, como las figuras de El Greco, pero luego pienso que no.
Me gusta el azul y más cuando es gris. Y el gris cuando es azul.
Me gusta… (esto no lo leas).
A veces cojo menos de treinta pequeños símbolos y los ordeno y entonces escribo.

martes, septiembre 16, 2008

Oye...

¿Te gusta la ciudad? Llega a cansarme. ¿Te gusta que sea gris? Por supuesto, debe serlo. ¿Era todo mejor antes? No, solo lo parece. ¿Te gusto yo? Es difícil de saber. ¿Crees que realmente te desesperas a veces o es que necesitas creerte desesperado para no desesperarte? En realidad no me importa. ¿Carne o pescado? Depende del vino. ¿Te gusta que te dé las gracias de esta manera? Sí, hace que desee morderte fuerte en el cuello. ¿Por qué no usas camisas sin corbata? Por la misma razón por la que no me pongo una raya justo encima de la oreja. ¿Somos tan distintos? No. Sí. No sé. ¿Si cayera desde un precipicio te tirarías a salvarme? Sí, pero no te acerques mucho al borde, por favor. ¿Te crees mejor que el resto? Sabes que sí, no te burles de mí. ¿Aún tenemos tiempo? Nunca lo hemos tenido. ¿Por qué te gusta la velocidad? Suelo escapar, en general. ¿Te engañas a ti mismo? Al menos, lo intento. ¿Crees en Dios? Él cree en mí y con eso me basta. ¿Y le gustas? Pregúntaselo a él. ¿Le gustaré yo? Me gustas a mí y con eso debería bastarte. ¿Te gusto, entonces? Cállate un rato, anda.

El mar

El mar es a la playa lo que el viento a una vida mediocre en el interior de un patio en la gran ciudad. La última vez que me asomé a la espuma blanca se me saló el cuerpo por dentro y desde entonces tengo un regusto en el paladar de raíces mojadas y tierras minerales nocturnas.
En el mar no hay carpas porque son animales de espíritu pesado. En el mar sólo hay animales despreocupados, ligeros; las carpas no saben bailar y no soportarían ver a las sardinas, que están más en forma. Los animales marinos no tienen miedo a morir, porque saben de dónde vienen y de tanto moverse saben que no van a ningún lado.
Si se tirase una carpa en medio del mar, del siempre en movimiento mar, no iría de un lado a otro, sino que se partiría en pedazos que arrastrarían las corrientes, porque no es flexible, y las sardinas y peces voladores se reirían de la ridícula dignidad de su muerte. Quizá solo la llorase alguna provinciana en top-less desde la orilla.

jueves, septiembre 11, 2008

Tan lejos, tan cerca (parte enésima)

Dejo el coche en el aparcamiento del hipermercado porque voy a comprar mi vida, mi vida pasada a precio de hoy, porque ni los años ni la inflación perdonan. Es gris, por fuera. Es gris, luminoso, por dentro. Huele… como olería un futuro con todos los familiares muertos hace tiempo. Huele a fresco. A frío sano. A pan frío y tierno. A pescados frescos y fríos. Sanos. Muertos. No huele a goma de pelotas en bolsas de cuerdas, pero hay. Aún hay. Aunque son nuevas.
Llevo el carrito. Frío, también. Se deja llevar porque el suelo es liso. Es liso y limpio como si acabase de deshelarse. Como si las luces halógenas del techo fuesen enfriando y descongelando todo a la vez. Huele bien porque no huele. Se está bien porque hace frío. Se está bien porque no estoy. Y dejo esto porque me voy.

viernes, agosto 08, 2008

Vete

Discurso cadencioso el que arrastra el cuerpo durante la vida en que te fuiste. Alargamos aquel día los brazos con las manos extendidas como un mendigo fuera de la iglesia en el momento de la comunión y un balón de baloncesto botaba sobre el mármol de verjas cerradas y amenazantes nubes oscuras. En aquel tiempo en que aún no había descubierto la música de auriculares por la calle, el viento soplaba dentro y fuera de las casas, desviando el surtidor de fuentes que ahora son demasiado perfectas.
Yo vivía. Y tú no estabas. Tú vivías y yo no estaba. Tú tenías ciudades con grises, colegios, programas de televisión con canciones nocturnas, peluches de noches blancas y hermanas con olor a pan y a leche agria algunos días. Y yo no estaba. Yo tenía perros vagabundos, monedas deslizantes, complejos de verano y sexo solapado por bañadores de flores. Y el viento. Y tú no, no estabas.
Nacías conmigo aún muerto, rebotando contra un mundo finito, ligeramente recordado tras la nada, nuevo en la medida en que no existirá para siempre, o no al menos una sola vez. Llegaste antes, eso es todo. Soy nuevo en esto de vivir y simplemente recuerdo mejor que tú lo que no era antes de ser. Un día te dije que te quería.
Hoy tengo cables rodeando mi mesa, blanca como la primera sábana de tu cuna. El mundo está bien y Dios existe; la prueba es que hace mucho tiempo no sabías hablar. Mírate ahora: eres toda una casa en ti misma y pones y quitas cortinas a tu antojo. Todo estaba bien hasta que me reconociste.
Sí, eso es. Al fin lo entendiste.

miércoles, julio 16, 2008

Frases sueltas

Qué pena; no tiene sopa que le cuide.
Se durmió muerto y acatarrado.
Compra churros para que pueda mojarlos.
Si no me hablas, te comeré.
Sé perfectamente qué es un perro.
Tú sí que eres un buen trofeo.
¿No te puedes dormir? Sopla.
Adiós, coge tú el testigo.
A la marea, mi señor.
A mis padres los mató un rayo.
Ora pro nobis, por qué no.
Líbranos de ti.
Por treinta monedas rompo mi espejo.
Lo sacrifiqué después de ensillarlo.
Yo era creyente y de letras.
El mar no me ve desde hace catorce años.
Y varios veranos.
Hoy siento que peso más que el suelo.
Me caí.
El jefe, sujeto sin predicado.
RICS naranja escribe fino.
Un RICS normal mira «Cristal».
Adiós sin el corazón (con el asma no puedo).

Silencio.
Se les han muerto como del rayo.
¿Dónde estabas?
Adiós.

martes, julio 15, 2008

La tierra ocaso

El ruido de las piedras bajo las ruedas presagia una tarde de tierra, madera, hierba y agua en un agosto como los que quemaban las patillas de las gafas sobre el salpicadero. Estas tierras son, sobre todo, tarde; tarde que va apartando pausadamente el sol de un cielo ambarino, cremoso, amplio como las respiraciones de quienes cobija. Sus campos susurran al otoño a través de un aire denso que sostiene inmóviles a las briznas y flores tardías. Piadas lejanas sin melancolía de tataranietos de pájaros de pocos veranos atrás retraen el canto de las cigarras del año en los bordes de la carretera, que no por deprimente deja de llevar aún a lugares más taimados y volátiles.

lunes, julio 14, 2008

Más fuerte

La risa no se traga las palabras porque no me da la gana de detener la pluma para mirar hacia arriba. Soy un hombre y me jacto de ello con el ceño fruncido, apartando moscas sin la necesidad de olor a comida de sábado. Golpeo mi infancia como a mosquitos en paredes blancas y las bicicletas ya no pesan por las escaleras, quemándose en balcones de sepia y limones. Para que nadie me pregunte después: esto es una declaración sin intenciones.

jueves, julio 03, 2008

A las cuatro

La razón es una vela en la orilla de una tormenta y los ojos respiraciones contenidas en un puente sobre un río. La valentía es risa infantil en un día soleado y la pena lengua de vaca en una nevera. Los abrazos explosiones de los intestinos y la culpa arañazos de camisas sucias.
Hay un río en el Atlántico con montes de noche transilvana donde flotan bolas de nieve y cintas de regalo. Ese río lleva casas y calles desiertas con ecos de ronquidos de muertos próximos. Es un río entre sueños de olores y melodías, entre recuerdos de familiares y tierras secas.
Hay un aire de cielos grises y misas y monedas, de azules vírgenes y naranjas vivos, de verdes como sábanas de siestas de tormenta. Y hay hojas que caen sobre marquesinas y plantas, cubriendo de barro los crucifijos más negros.

miércoles, julio 02, 2008

De la ciudad pequeña

De mañanas en adoquines de pescado, de tiendas con aire acondicionado, de farmacias sin cruz verde, de plazas portuguesas en España, de murallas sin voces ni pasado, de coches sin sonido en la solana, de pieles sin versos y sin nieblas, de besos sin brillos ni cristales.
De labios sin pintura, de dedos sin mejillas, de faldas sin viento, de tobillos sin tacones, de bolsos sin bolígrafos, de macetas sin colonia, de perros sin miedo, de gatos sin historia.
De la noche que era tarde para jugar porque ya era de noche y era tarde y las manos se rompían y aquel niño decía adiós con la mano desde la ventana porque era tarde y no se veía el sol ni saldría el sol al día siguiente porque no habría sol. Y sí hubo sol, aunque ya no, porque la ciudad pequeña no me siguió.

miércoles, junio 25, 2008

Blanco

La última vez que me asomé a una ventana tenía tres palomas asiéndome de los hombros y un fino cordel de seda rodeándome los tobillos. La brisa viajaba sobre pétalos incoloros y jazmines y naranjas rasgaban suavemente las figuras. Lejos, algunas rodillas se espabilaban entre gasas de siesta reflejando un blanco sonriente. Fuentes de piedras pequeñas descansaban en la nuca mientras pájaros planeaban sin sonido. De todo ello me acuerdo ahora, asomado a una ventana.

viernes, junio 20, 2008

Cambio de ciclo

La ralentización del crecimiento de la economía española que pudo apreciarse al término del año 2007 ha proseguido, intensificada, en estos primeros meses de 2008. El último ejercicio, que registró un crecimiento medio anual del 3,8%, cerró el cuarto trimestre con un aumento del PIB del 3,5%. La tendencia descendente se ha visto confirmada en el primer trimestre de este año 2008, en el que la economía española ha crecido un 2,7% respecto al mismo trimestre del año precedente. Las perspectivas sobre el comportamiento económico han sido ya revisadas a la baja por el Gobierno, que ha descartado avances del PIB por encima del 3% en 2008 para cifrarlos en el entorno del 2%. La brecha con la zona del euro se reduce, cuyo incremento interanual del PIB en el primer trimestre de 2008 fue del 2,2%, la misma tasa que registrara en el último de 2007. Se comprueba de este modo que el cambio en el ciclo expansivo de la economía internacional comenzado en el verano anterior está teniendo mayor repercusión dentro de nuestras fronteras, así como que, por mucho que uno piense que un cuenco con melocotón en almíbar fresco a media tarde en el comienzo del verano es de las mejores cosas a que puede aspirarse, la vida te coloca irrevocablemente delante de manos de finos dedos que señalan el camino hacia el estallar de pechos y mandíbulas. La indiferencia es mucho peor que las tensiones inflacionistas.

Sin estío

Desola la contemplación aérea de lo que, casi perdido, va a perderse. La comprobación de que, pese a que nada era tan terrible, lo será. La certeza de la acumulación de certezas perdidas, de amores abstractos, de abrasadores soles pasados recordados desde la sombra.
Vistos desde el cielo, los árboles alineados elevan su perfume verde, clamando ser vistos cuando ya no existen. Desde arriba, el azul celeste de las piscinas hiere las lágrimas aún no asomadas. Desde el gris cocido desde arriba, la altura quema.
Repaso desde mi altura los caminos por mí trazados y ahora movidos, cambiados. Observo las casas como latas de conserva vacías, frías dentro del horno. Advierto las horas amarillas desde el calor helado de aguas tibias. Mantengo mi certeza de amarillos, azules y grises en mi puño cerrado, golpeando latas de agonía y tedio.

miércoles, junio 04, 2008

Composición y grito del arco iris

Teclado, cristal y nube.
Moqueta, sprinkler y luna.
Tacón, perfume y halógeno.

La escala colapsa.

lunes, junio 02, 2008

Eucaristía

El sol es amarillo y está dentro del azul del cielo. Las cruces son blancas...
Bandadas de pájaros como largas pestañas elevan los cantos de la siesta mientras se arrodillan las mujeres que miran como a niños. El calor huele a pan de la última hornada del día y me miran ojos sin tiempo con sonrisas que nada tienen que ver con hombres con traje ni edificios altos.
Hay piedras mojadas, mangueras sonoras, pavos y perros tranquilos. Y el día termina (y empieza y sigue) en el momento en que todas las personas buenas, que son todas, aprietan sus manos entre ellas agradeciendo el hecho de haber vivido hace mucho tiempo, cuando no tenían conciencia de la vida ni de que eran buenas.
Hoy ya no se hará de noche.

sábado, mayo 10, 2008

La salamanquesa y la pantera

Siendo un niño observaba por la ventana, desde un fresco sillón amarillo, la pared del edificio de enfrente, a escasos metros. En esa pared se encontraba, día tras día, una salamanquesa de color tierra, inmóvil. Parecía procurar estar allí siempre lista para el momento en que, como cada tarde, regresase a mi sofá, junto a aquella ventana antigua con los marcos pintados de blanco. Recuerdo también haber visto una tarde, desde una ventana diferente del mismo piso, una enorme pantera de color negro, paseándose majestuosa, sin dejar de mirarme a los ojos, por los tejados de los edificios vecinos.
No creo que fueran reales.
Pero volverán algún día.

sábado, abril 26, 2008

De durantes

La cara a un palmo de la superficie, buceando en el transcurso de una parte de la vida con los puños cerrados y la boca contraída, sin seguridad de oxígeno allá arriba o de pulmones ya atrofiados o de un cielo alguna vez visto y muchas veces recordado que quizá no me sea lícito volver a contemplar sin perder, caído pedazo a pedazo, el rostro deshecho en lágrimas de estanque. Y ese otro cielo de color ceniza que no nace fuera de uno mismo se acumula en el vientre y va quemando en los nudillos y en la rutina, vociferando lo suficientemente suave a princesas equivocadas que salgan de ahí, que escapen, que levanten las manos y se pongan de puntillas y dibujen un azul turquesa y rayos amarillos que las asombre, que les haga preguntarnos qué, cómo, para poder contestarles que no, que no es nuestro, pero sí. Yo una vez perdí el medallón que los padres de mis abuelos le dieron a mis abuelos, con mi nombre (entero) grabado entero (entero), tal como suena, cayendo al suelo con un estrépito que iré escuchando poco a poco, y todo por no haber levantado los ojos como en realidad nadie me enseñó nunca cuando me lo abreviaron sin pronunciarlo. Después de eso, el calor del sol me es más sucio, más superficial, dejándome frío por dentro como un sanjacobo hecho sin tiempo y sin ganas, que es como me veo algunas mañanas de persianas caídas. Mírame tú, directamente y no de soslayo, y pídeme con ojos de perro fiel y dependiente que te consuele de lo que aún nunca he sufrido, porque es lo único que puede salvarnos mientras mi sangre (entera) termina de darme vueltas y me deje mirando al punto que hasta ahora no era sino una línea, como las de los coches de fotografías nocturnas en las ciudades en que compras recuerdos de tu infancia.
... Y en el medallón también ponía, por dentro, todos los derechos son reservados.

viernes, marzo 21, 2008

Yo

Quién .- Las yemas del recuerdo buscan la piedra silenciosa salpicada de musgo bajo ese cielo tan, tan azul y alto. Desde la cima del cerro, dominando la ciudad, se contempla el discurrir de la lengua bífida en que se convierte el río a esa altura. Y el pico de tierra que se atreve a dividirlo parece amenazar a toda la ciudad con partirla en dos y, por extensión, sajarme inmisericorde en castigo por no pertenecer ya a nada, porque nada queda del suelo que recorrieron mis pies cuando mis pies no habían pisado jamás cualquier otro suelo. Y los lugares no existen, existen los momentos...
Quien .- Vuelve. No hay nada ahí fuera.

domingo, marzo 02, 2008

El espíritu de Elvir



A veces las lágrimas se asoman desde sitios tan insospechados como el exterior de un centro comercial muy iluminado en medio de un crepúsculo oscuro y silencioso. Es un sentimiento de confortación y familiaridad con lo que una vez fue de uno mismo, sin saberlo, por lo que no ha podido perderse del todo. Por supuesto, viene acompañado de una melodía recordatoria y repetitiva, que pone un minúsculo toque de azul marino en la negrura del horizonte.
Una determinada experiencia, sensación, acontecimiento o accidente puede hacer cambiar nuestro punto de vista general, haciéndonos conscientes (eso al menos creemos) de la equivocación en que nos sumíamos hasta el momento respecto a la interpretación de cuanto vemos, hacemos, nos rodea y vivimos. Yo siempre he llamado a ese cambio interior "espíritu", y he tratado de ponerle un nombre. La razón: intentar retenerlo ante la vuelta del yo mismo constante, latente, el que siempre vuelve sin apenas tener uno tiempo a darse cuenta.
Voy, pues, acumulando espíritus pasados que intento traer al presente cuando más me conviene, cayendo ineludiblemente en el error de olvidar que su esencia es circunstancial, con validez única en el instante en que se crearon "motu proprio" y sin finalidad alguna.
Si bien el del título atañe al puente que unía la seguridad de la soledad y el hogar evanescente con la caja iniciática de la vida-en-lucha y el inexplicable y crónico tormento incipiente, me quedo hoy con el del Carrefour entre edificios exentos, de cinco y seis alturas, bajo el cielo (tan bajo) del extremo del mundo del que he venido, con sus puertas abiertas tan solo ya para la salida (porque en mi recuerdo son ya casi las nueve de la noche de un martes o miércoles de ocaso), que anticipa una tarde-noche frente a la seguridad del televisor (sí, después será más temprano), una enternidad antes del tiempo (el actual) en que metódicamente, día a día y realidad a realidad, esté haciendo añicos las ideas vagas que otrora imaginaba sin poner demasiada atención.

viernes, febrero 22, 2008

Doña Concepción

Doña Concepción estaba tan sola en el mundo que a veces tenía miedo de su gatito, que la miraba a través de blancos cementerios bajo soles matutinos. Doña Concepción se arrebujaba en sí misma contra el frío naciente de la mañana, que penetraba por las rendijas de su casa con una determinación como nunca había tenido con ella nadie. Doña Concepción -que así se llamaba la difunta- quería más a los niños de su calle que sus propias madres, porque no eran suyos y porque a ellas las odiaba. Y el gesto más valiente que se le recuerda es haber renunciado a alimentar, como acostumbraba, a las palomas desde unas semanas antes de su muerte.
La gente continúa pasando por la calle y los niños siguen jugando por las tardes en la acera ancha. La única diferencia es que ahora guardan un cuidado inconsciente para no golpear con la pelota la persiana echada ya por siempre.

Pikachu en las alturas o el bollycao de las cinco


Como dijo aquél, el siglo XX se va a dormir... Y nosotros permanecemos en esta extraña vigilia constante de medias lunas y medios días, tan cortos. No sé muy bien por qué la gente dice de otra gente que es simpática cuando nada más hablan de lo que les importa, y entonces la sonrisa no puede ser verdadera. Pero bueno, así están las cosas. Y las torres de oficinas siguen tan altas como siempre, y más azules, porque ya limpian los cristales; algo tendrá que ver el sol en todo esto. Dicen que desde arriba se ve la polución; yo no lo creo. Desde arriba se ven mejor los ojos de la gente, especialmente de aquellos que no reciclan. Desde arriba se ven los edificios más bajos, aquellos en los que trabaja gente menos seria y con corbatas más anchas. Desde arriba se cogen mejor los aviones, porque cuesta menos (ya estás a medio camino entre el suelo y alguno de tus yo mismos que han volado como el globo ganado en la feria anual por un niño de siete años).

Y no sé qué más, la verdad.

domingo, febrero 10, 2008

La memoria del atlante


Por qué siempre la tarde. Por qué cielos naranja. Dónde está quien los vio.
Este título...

domingo, febrero 03, 2008

La canción fría


Estaba confortablemente recostado en el sillón, los pies apoyados en la silla situada enfrente, mirando videoclips en la televisión mientras afuera llovía. Entraba un olor de tarde fresca de otoño de esas en que, si suena el teléfono, solo pueden ser buenas noticias; algo así como la llamada de un amigo que hace mucho tiempo que no llama. En fin. Que estaba mirando la televisión. Y comiendo patatas fritas con cocacola con hielo... También había por allí un trozo de tocino con sal encima de un pedazo de pan (de esos de corteza blanda). El tío miró por la ventana, vio que no se encendían las farolas aunque los coches ya llevasen las luces puestas, olió de nuevo la tarde y se puso a canturrear el himno de la champions a voz en grito. Se metió la mano por debajo de la camiseta, comprobó que estaba bueno, que llevaba ya el pelo un poco largo, que había que ir pensando en cambiar los pantalones cortos por el pijama porque no estaba ya el tiempo para piernas al aire y se dio cuenta de lo cómodo que es no estar enamorado.

domingo, enero 06, 2008

Eterno retorno (Parte II)


Puede llegar un punto en que una persona comience a vivir su presente imaginando cómo habrá de recordarlo en un futuro lejano, lo cual le permitirá distinguir las cosas verdaderamente valiosas. Es también un modo de darle una segunda oportunidad al anciano sentado en una mecedora que seremos mientras vivimos la primera y, en realidad, única; echar el ancla en ese viejo, futuro, y mirarnos desde ahí. Aprovecharíamos el día y cogeríamos, vírgenes, las rosas, sin dejar de saber que la serpiente se esconde en la hierba y que la muerte es la reina del baile. No tendría que esperarse al último momento para darse cuenta de que no recordaremos notas de exámenes, palmadas en el hombro, incrementos salariales, herencias de desconocidos o turismos de cambio automático y sí sonrisas sinceras, miradas furtivas, cielos abiertos, noches eternas, dedos ansiosos, labios sumisos, zumos de naranja y cabellos inmóviles.

Lo que daría por volver a tener mi edad, que dijo aquél.

lunes, diciembre 31, 2007

Ámbar


Desde la habitación del hotel podía verse el parque. Era pequeño, lleno de cinamomos y palmeras que se elevaban bajo un cielo alto y limpio. Llegaba el arrullo de las palomas y el grito de los pavos reales y, a lo lejos, podía distinguirse un pequeño estanque vallado que contenía patos y cisnes. Hasta donde abarcaba la vista no podía ver a nadie, así que pensé que ese pequeño parque pertenecía ya al pasado de alguien que lo habría trasladado consigo tiempo ha. Una simple estatua, pequeña, confería al conjunto un aire afectadamente romántico y melancólico que, al no dar oportunidad a la mente de imaginar lo que tan notoriamente se mostraba, consiguió que apartase la vista y la dirigiera hacia el interior de la estancia. Tras los visillos, en la penumbra de una tarde ya avanzada casi por sorpresa, me senté en un sillón frente a la cama en parte deshecha. El sonido atenuado de los pájaros parecía proyectarse en la pared anaranjada, y de la cama solo podía distinguirse el blanco de las sábanas. Lo que en ese momento se me representó fue la imagen de un cuerpo femenino, desnudo, introduciéndose en la cama, bajo las frías sábanas; un cuerpo que se resignaba a la falta de cualquier otro contacto y que ni siquiera pretendía sustituirlo por el roce de esa tela sin calidez alguna. Supe al instante que ese cuerpo ficticio no se levantaría ya nunca, y que me esperaba una larga noche de intentar coger la postura más cómoda en un feo sillón de hotel.

sábado, diciembre 29, 2007

Sigue buscando

Compraré una casa en el centro de alguna ciudad de mediano tamaño. Que esté rodeada de edificios antiguos donde viviera gente mayor que ya murió y que guarden en sus azoteas algún viejo cordel de tender la ropa. Donde apenas pase gente por las calles y casi no den luz los faroles adosados a las fachadas. Con una ventana hacia domingos por la tarde que haga resbalar a las pobres gotas de lluvia que no encontraron otro lugar donde caer, y desde la que puedan mirarse puestas de sol de lunes y martes de otoño recortando figuras de niños con uniforme acompañados de madres y medias lunas de chocolate.
Compraré esa casa, la abandonaré sin dejar nada en ella y, tras muchos años, pasaré por delante buscando yo qué sé qué de mí mismo que ni encontraré ahí ni en ninguna otra ciudad.

jueves, diciembre 27, 2007

Lejos

¿Me ves? Me alejo. ¿Puedes verme? Me estoy alejando. Cada vez me ves más lejos y te veo más lejos. Me cuesta distinguirte y seguro que a ti también distinguirme a mí. Veo todo lo que me es familiar, y se aleja. Estoy ya muy lejos y te recuerdo sin emoción; tú no me recuerdas. Aún puedo verte. Muy pequeño, sin rasgos, en la distancia. Me voy alejando, y no me dirijo ya a ningún sitio en el que vaya a quedarme ni un solo instante. Simplemente, me alejo.

domingo, diciembre 16, 2007

Iba a escribir algo sobre las noches de sábado de alcohol, humo, ruido, frases hechas, alientos empalagosos, escotes, roces y pintalabios. Del asco que dan y del contraste con el camino de vuelta, ya solo, el domingo al amanecer, con el aire fresco, el sonido de los pasos y demás. Alguna cosa de los edificios azules, de los bancos vacíos, plazas frías e iglesias dormidas, de la gente acostada tras las ventanas, de si uno se siente tan solo como durante toda la noche y gilipolleces por el estilo. De pensar en la cama hecha desde el día anterior y en mujeres sin maquillar de pelo suelto en camas tibias, y qué triste y todo eso.
Efectivamente. Qué asco y qué triste. A lo mejor otro día lo consigo.

sábado, diciembre 15, 2007

Noche

Quiero ojos de oliva llevando al mentón contra el pecho desnudo, atravesado de luna y frío hondos como noche sin días. Y manos bajas y solas, citando a la pena delante, pasándola por la exigua cintura sin darle ya nunca salida.
Dadme un viento de cuchillos y de llanto que me abra y rompa como un aullido lejano. Y una capa lenta y penosa que barra hojas y guijarros, dejando surcos en el alma como falda insensible a miradas conocidas.

viernes, diciembre 07, 2007

Espera

Escribiendo estas líneas se me representa el lugar de donde vengo, sin monumentos ni rincones que canten su pasado. Veo amplios espacios negros y blancos, cubiertos por un tenue murmullo que apenas atraviesa muros y paredes. Un lugar herido demasiadas veces como para mostrar las señales de una sola guerra. Y, así, las esconde todas.
Puede parecer al visitante un lugar frío, como es siempre la desnudez más sincera; incluso hostil. Serio, distante y silencioso, como si dejase caminar sobre él para no tomarse la molestia de impedirlo. Hay destinos más amables que dan la bienvenida y que, al recorrerlos, no devuelven la mirada.
Por él muchos han pasado, y pocos son los que quedan. Día llegará en que ni pase ni quede nadie, salvo lo dejado por quien algún día estuvo. Sobre todo si no fue un olvido.

jueves, diciembre 06, 2007

Informe Sr. X - 2007


A escasos días para la finalización de este ejercicio 2007, podemos presentarles ya una síntesis de la situación del Sr. X correspondiente a los once primeros meses del año, considerando todos aquellos datos de que disponemos con el fin de intentar configurar una idea general del sujeto en cuestión para el lapso de tiempo mencionado.


De manera global, debemos decir que la vida del Sr. X se ha enmarcado también en este año en la senda de continuidad comenzada hace ya varios ejercicios, sin que sea posible constatar cambios positivos o negativos de excesiva significación. No sería ya aventurado sugerir sin ambages que nos encontramos en un estancamiento que, cuanto más se prolongue en el tiempo, más se anclará en un hipotético punto de equilibrio permanente. Si bien esto puede parecer incluso deseable, la experiencia de tantos otros casos nos demuestra que pequeñas perturbaciones en dichas situaciones desembocan en bruscos "shocks" y desajustes posteriormente difíciles de controlar. Permitiéndoseme el símil, el efecto de la caída de una pequeña piedra es mayor en un estanque que en un río.


La tasa de trascendencia del Sr. X, expresada como el cociente de la cantidad de sucesos acontecidos de alguna importancia entre el número total de días, continúa en los bajos niveles registrados en años precedentes, sin llegar aún a valores que puedan hacernos preocupar en exceso. En la misma línea se sitúan los sucesivos índices mensuales de afectividad que, como ya sabemos, suelen ser inversamente proporcionales a aquellos de melancolía, como revelan los datos también en esta ocasión. Hemos de recordar que los valores de esta última variable son susceptibles de diferir en función del modo de su recogida/obtención: momentos como solitarios paseos vespertinos o despertares de domingo en camas de poca densidad poblacional siempre arrojarán cifras más abultadas.


Considerando los anteriores indicadores como los más representativos en este último año y los que pueden llegar a condicionar todo el resto, pasamos a la previsión de una probable coyuntura futura del Sr. X. El número de proyectos y esperanzas totales va en consonancia con el de finales de otros años, mostrando la habitual reducción según avanza el tiempo. La probabilidad de consecución y satisfacción de ellos también experimenta un sensible decremento, que es habitualmente solapado inconscientemente con el fin de no afectar al devenir cotidiano. En términos generales, no se prevén cambios de ciclo ni variaciones sustanciales en nuestro sujeto.


En conclusión...

domingo, noviembre 25, 2007

Continuará


Una brizna de hierba entre las vías del tren. Un rezagado pájaro en otoño sobre la rama de un árbol. Una antena de televisión moviéndose bajo un cielo azul eléctrico. Una blanca mano inmóvil con los ojos distraídos en otra parte. Un niño pequeño muy abrigado entrando a toda prisa en un portal. Un aroma de pan recién hecho llenando el ascensor. Un edificio de oficinas visto desde una noche de sábado. Un cuello... Una luz con sombras en la ventana de un ático. Un mar con sombras en la tarde de una vida. Una vida llena que se derrama en otra. Una luna llena que no llena vida alguna.

Una blusa nueva que no acaba de aprender a pronunciar tu nombre. Una mirada hacia arriba que no termina de despegar los pies. Unos guantes inertes que ni son blancos ni tienen tus ojos. Una lámpara sin encender cuando -¿es que no lo ves?- ya no se ve nada.

El día (sin horas). Es ahora.

Y creías que escapabas porque cogías el tren sin billete de vuelta. Y pensabas que el cielo iba a ser diferente. Y que no habría más panaderías, ni pájaros despistados, ni sombras entrelazadas, y que el mar desaparecería por la noche llevándose consigo esa luna que ha visto muchos más cuellos que el tuyo.

Todavía te queda la tierra mojada de lluvia, alguna que otra primavera y quién sabe si otra mano sin guantes un momento antes de taparte el cuello. Y, mientras tanto, el consuelo de resistirte a encender la luz.

sábado, noviembre 24, 2007

¿Eterno retorno?


Suplemento de periódico esperando en la niebla y, dentro, música bajo las sábanas. Tanto, tanto tiempo después.

Pues no, no todo es cíclico.

Y bien, aquí estoy.

El grito

Llegaste a la ciudad naciendo, como todo el mundo. Te plantaste en medio de la calle mirando el cielo sobre los edificios y sin ningún fracaso en la mochila. Y comenzaste a caminar.
Las primeras personas te salían al paso. Las había amables; casi todas, de hecho. Visitabas sus casas, entrabas en sus tiendas, acariciabas a sus perros. Las avenidas eran aún anchas. Al volver a la calle, seguía viéndose el cielo.
Las avenidas y las calles se sucedían. Las caras conocidas se acumulaban. Pasabas más tiempo guarecido y, cuando salías, las calles se estrechaban. Los edificios eran más altos y el cielo quedaba más lejos.
Cada vez serpenteabas más entre callejuelas y, cuando levantabas la vista, sólo se veían balcones y terrazas, chimeneas y tendederos. Y gente asomada a las ventanas que ya no te invitaba.
Y un día, sin darte cuenta, se te acabó la ciudad. La miraste desde fuera y comprobaste lo pequeña que era bajo el mismo cielo que había cuando llegaste.
Esto es real. Despierta.

viernes, noviembre 23, 2007

Despierta


Hay algo que no te explicaban cuando te contaban un cuento: que si alguien se acerca demasiado a la princesa, ésta le besa en la boca.

domingo, noviembre 18, 2007

Bondad

Camino arrastrando el frío con el vuelo del abrigo, la rabia siguiéndome a dos o tres pasos, la oscuridad arropándome indiferente. Aprieto fuerte los puños en los bolsillos de mi cuerpo mientras niego con la cabeza y los ojos abiertos. Paso por delante de un cristal que no miro por miedo a no ver más que otro espejo reflejado, y entonces la ira da paso a la tristeza.
Los dedos húmedos dejan pasar los cabellos, sosteniendo mis ojos que lloran por sus lágrimas. La otra mano querría, a la vez, secar los pómulos, abrazar el vientre encogido y descansar en el arco de mi nuca. La respiración va calmándose, deshaciendo el nudo en mi garganta; los párpados la imitan, abriéndose con lentitud.
Me reciben sonidos familiares: la cerradura, el interruptor, las baldosas y el silencio del pasillo. A un palmo de mi espejo, no tengo prisa, pero tampoco ya el menor temor. Levanto la cara, recogiendo el pelo y quitando el último resto de desesperación en la mejilla. Tranquila, sin dejar de observar a la mujer que me devuelve la mirada, los ojos vuelven a nublarse. Pese a la gota que resbala por mi rostro, los brazos saben que ya no deben dejar de apretarme.

domingo, octubre 28, 2007

Radio Cairo


Recuerdo la tarde en que, de niño, fuimos al polígono industrial. Era extraño porque, aun siendo ya noche cerrada, el sol nos observaba por la ventana trasera del coche. Iba dentro toda la familia y, como sucede siempre en los recuerdos, había una música permanente y todos teníamos un color anaranjado. El cielo estaba más bajo de lo que está ahora y el coche era más pequeño. Fuera debía de hacer bastante frío, porque yo me sentía resguardado y confortable, como cuando llegas a la cena de Nochebuena y te quitas el abrigo y la bufanda con las mejillas rojas y los cristales de las gafas empañados. En el maletero había juegos recién comprados que, sabía, no existirían al día siguiente, porque no eran reales.

Las farolas encendidas pasaban una detrás de otra por el cristal de la ventana como las líneas discontinuas de una carretera, alargándose y ralentizándose en el techo, acariciando mi cabeza como si quisieran peinarme. Las naves parecían cajas de bombones de distinto tamaño, dentro de las cuales se encontraban personas buenas y felices a punto de terminar su jornada laboral y dirigirse a sus casas para encender el brasero y cambiar los zapatos por las zapatillas. Todavía faltaba tiempo para que regresásemos, pero yo sabía que el televisor ya se había encendido y nos estaba esperando.

Cuando por fin regresamos, muy de noche ya, en el coche estábamos menos personas: el resto se encontraba arriba, esperando y asomados todos a la ventana, por ver si aparcábamos, mientras la tele continuaba puesta. Serían ya, al menos, las nueve y media o las diez de un mes de otoño, casi invierno. La idea de abrir la puerta y salir a la calle resultaba traumática hasta el punto de llorar. Quizá sea por eso por lo que no puedo recordarlo. Por eso y porque tenía sueño, mucho sueño.

Eso es todo.

sábado, octubre 27, 2007

Ab aeternum


Un mar por nacer baña la playa, salpicada de ruinas de un mundo posible. La luz oblicua de un atardecer sin comienzo proyecta sus alargadas sombras en el tiempo inmóvil. Dos caballos solos ofrecen sus crines al suave viento vacío de recuerdos, que esparce el rumor de la espuma por el silencio del paisaje.


domingo, octubre 07, 2007

De profundis

Bajo la tarde de lluvia, la cafetería protege al hombre y su abrigo de cuello subido. Magdalena en mano, pregunta al café cómo es posible.

Entonces, ¿después no hay nada? No, nada. ¿Se acaba esto y ya está? Ahá. Pero... para siempre. Sí, para siempre. Nada, oscuro, con principio pero sin fin. Sí. Dios mío.

La magdalena le mira callada mientras, resignada, comienza a hundirse.

viernes, septiembre 14, 2007

Bienvenido


En la ciudad de los perros gordos y las palomas impasibles, a veces pueden sentirse almas romas, inexpresivas, dirigiéndose a través de los ojos al espacio existente entre la espalda y la tarjeta de crédito.

Deja tu ayer y compra tu hoy con tu mañana.

domingo, septiembre 02, 2007

Buenos días


Pues lo que te decía. Que los adoquines están muy bien, pero que vas como patinando todo el rato, sin tracción, que es lo que diferencia a un hombre hecho y derecho de un niñato cualquiera, la tracción. Ahí, bien agarrado al suelo, y no dejándose llevar, como una canica en un cenicero de cristal. La culpa es del ayuntamiento, que solo arregla las cosas cuando hay elecciones y claro, luego pasa lo que pasa. A ver qué falta hacía el chisme ese que han puesto ahí, tan moderno él, que no se sabe ni para qué sirve, que parece que está por terminar, que para mí que lo han dejado así porque les ha dado la gana y te dicen que ya, que está terminado, que es que es así. Que esto es como los cocineros estos raros, que te ponen nada y menos de comida en un plato muy grande y te cobran lo que les da la gana y más porque mira, está traído de no sé dónde y se tarda no sé cuánto y es el novaplú de la nuvelcusín. A todos esos los ponía yo a recoger tomates a que supieran lo que es bueno y se dejaran de monsergas y de gaitas, que está uno sacrificado toda su vida para ganar una miseria y que luego se lo lleven los de siempre y encima te vengan con cuentos. Por cierto que me han dicho que están tirando todas las casas viejas de la calle y poniendo apartamentos nuevitos a mansalva, que esto es lo de siempre luego a venderlos por lo que les da la gana que así están los precios en todas partes y luego dirán que los jóvenes tardan en irse de casa cómo van a irse si no tienen donde caerse muertos claro que también los hay que no se van ni a palos porque ahí están tan bien con su madre haciéndoles la comida y poniéndoles la ropita preparada que no tienen que preocuparse de nada no como los jóvenes de antes que se iban a la mili a hacerse hombres y tenían un respeto que ya se ha perdido, que ya no hay, que ya no queda, que no.
Oye, que me voy a comprar el pan, que no llego.

sábado, agosto 25, 2007

Más


Miedosos fantasmas zumbones, agazapados tras el torpe paso del tiempo. Como a mariposas disecadas les espera el blanco fondo, de nuevo y por siempre. Y vuelve a haber alfileres.

domingo, julio 16, 2006

De cabeza



Disculpen la tardanza; debía hacer la digestión.

domingo, marzo 12, 2006

Todo recto



Qué bonito que se pone el asfalto cuando empieza a llegar la primavera. Le dan a uno ganas de besarlo, de tumbarse sobre él sin camiseta, e incluso de ser gatito recién atropellado, pegado a la línea continua del arcén. De aspirar profundamente sus emanaciones humosas tras el paso de turismos y coches familiares, de sentir su calorcillo confortable y de, incluso, disfrutar ese olor pegajoso, sin el que los veranos no serían lo mismo, que supera con creces al mejor perfume que la madre naturaleza es capaz de poner en la más fragante de sus florecillas silvestres.
Su precioso color, con el que compite día a día el cielo sobre él, en vano... Hasta su nombre es bello: "Asfalto", que dan ganas de ponérselo a un hijo, o a dos.
Cuesta creer que sea obra del hombre.

sábado, diciembre 24, 2005

Vuelta



De nuevo, unos segundos más de azul en cada tarde. Esto ya ha empezado...

jueves, octubre 27, 2005

Cómo preparar un Cola-Cao (Turbo)



No nació este lugar con fines culinarios (no me preguntéis con cuáles), pero creo que hay un vacío de información acerca de las pequeñas cosas (es decir, las importantes), y más aún en los reversos (ya ni eso, ahora los botes son cilíndricos) de los recipientes de Cola-Cao. Así pues, no pareciéndome suficiente la explicación de la preparación de un vaso de Cola-Cao que podemos leer en ellos, quiero ofrecer una ayuda adicional a todos aquellos que deseen disfrutar de un buen vaso de esta alimenticia bebida.
Hay que tener en cuenta que en todo momento me referiré a un vaso de Cola-Cao Turbo con leche fría, pero se puede extender a un Cola-Cao normal con leche caliente, incluso a un Top-Cao.

Ingredientes:

- 1 bote de Cola-Cao Turbo (es igual el tamaño o formato del bote, mientras tenga suficiente Cola-Cao para prepararlo).
- 1 Tetra Brick de leche, frío (da igual la marca; respecto a tamaño, aplíquese lo del ingrendiente anterior).
- 1 vaso de cristal (preferiblemente con la misma anchura de boca que de culo, con perdón).
- 1 cucharilla pequeña (formato café).
- 1 servilleta (opcional).

Elaboración:

Abrimos la tapa del bote del Cola-Cao (suele ir a rosca), e introducimos la cucharilla, de manera que nos quede una cucharada colmada, que verteremos al vaso vacío. Repetiremos la operación dos veces más. Pese a que hasta aquí llega la recomendación del fabricante y la forma más tradicional y ortodoxa, podemos ir un poco más allá y añadir otra cucharada, esta vez rasa. Aquí ya entra el toque personal de cada uno, tan importante siempre en la cocina.
Una vez despojada la cuchara de todo resto de polvo de cacao mediante toques del cuerpo de metal contra la boca del vaso, con la parte convexa en su interior, procederemos a verter la leche. Retiramos la cuchara y vertemos leche hasta llegar el contenido a, aproximadamente, dos quintas partes de la altura del vaso. Hecho esto, removeremos el contenido hasta conseguir un espesor homogéneo.
Sólo nos queda ya verter el resto de la leche hasta completar el vaso, para lo cual recomiendo que se siga removiendo con la cuchara el contenido según vamos echando más leche. Con esto conseguiremos una disolución más rápida y, sobre todo, eficaz.
El Cola-Cao Turbo se tomará solo o acompañado de cualquier dulce o pastel, que no sea de chocolate o cacao, así como de churros, tostadas, etc. Si al terminar el vaso se quisiera tomar otro, cosa bastante probable si se han seguido estos consejos, bastará con repetir todo el proceso.


Espero que esta receta os haya servido para conseguir aquel Cola-Cao con el que siempre habíais soñado. Me despido ya hasta nuestro próximo encuentro. Y recordad: no hay que tenerle miedo a la cocina.

martes, septiembre 20, 2005

La clase



Érase una vez un niño que compartía con el resto de niños una parte no poco importante de su vida. La parte que estaba sujeta a horarios, sirenas, encerados, pupitres y calles transitadas por amas de casa y señores con traje a través de la ventana.
Los años pasaban por este niño, todo lo despacio que suelen cuando a uno le da exactamente igual que pasen. Su mundo de rutina, en cambio, no se veía alterado en lo básico. Miraba con otras gafas otros libros muy distintos, otras caras distintas; incluso las mismas caras, pero distintas... Sin embargo, seguía permaneciendo, como siempre, sentado, con los codos en el aglomerado de la mesa, con un ojo en su reloj y el otro en aquella ventana que sólo daba a días laborables.
Y el niño dejó de ser niño, o al menos así lo creyó. Y su mundo de rutina se convirtió en un infierno desconocido, sin saber él cómo ni por qué. Ya no conocía su libro, su pupitre, su letra... No soportaba su reloj, sustituyéndolo por baldosas inmóviles. No veía ya a aquellos que le rodeaban, aun sabiendo que allí estaban, a diferencia de él mismo.
Todo cuanto quería entonces era poder mirar por la ventana, por la cual, de haber podido, hubiese visto un paisaje que de niño no podía comprender.

miércoles, agosto 10, 2005

Refugio



La idea de abandonarse resulta muchas veces atractiva. Dejar de estar bajo el sol, sin protección, allí donde la vida quema más. Acomodarse en un rincón y estarse muy quieto. Y observar.
Es agradable, entonces, dejarse acariciar por la indiferencia de lo que nos rodea. Ser espectadores de las guerras ajenas, sin que reparen en nuestra presencia. Conseguir que nada ya nos resulte útil, más que para su contemplación curiosa y distante.
Pese a que nos sintamos y sepamos seguros, ni siquiera esto es siempre suficiente. Nos podemos descubrir apartando también la mirada, alejándola del escenario, de las luces.
Llegado este momento, podemos pensar que hemos elegido. Pero no nos engañemos: siempre son descansos.

viernes, agosto 05, 2005

Comentad, por caridad; comentad

Como sé que legiones de incondicionales visitan a intervalos de segundos esta página, ávidos de cualquier novedad que, por lo general, no concedo, y hasta ahora se frustraban al no poder dejar constancia escrita de lo mucho que mi persona y mi obra suponen para sus vidas, he decidido (ahora, porque antes no sabía ni que esto existía) permitir que cualquiera pueda comentar lo que quiera, sin necesidad de estar registrado, de pertenecer a cualquier club social vecinal o de haber hecho algún módulo de FP.

Así que ya no hay excusa. A partir de ahora, será llegar, ver y firmar. Por mi parte, me comprometo a no cambiar de parecer y permitir la libre expresión, incluso vuestra, salvo que no me guste algo, claro.

... Gracias.

jueves, agosto 04, 2005

El nadador nocturno



El agua ya no se ofrece: septiembre está cerca. Cada luz, un recuerdo. Cada noche, una menos. Cada noche, más frío. Cada recuerdo...
Aún el agua recibe. En ella, la noche quema. Las luces se quedan fuera. La gente se queda fuera. La soledad, olvidada en el borde.
La luna ya no me ve. Ya nadie me ve desnudo. Septiembre se acerca.
Los ojos aún no están secos.

miércoles, junio 08, 2005

Diario

7 de junio de 2005

Amanece: yo duermo. Pasa la mañana: yo ando por ahí. Mediodía: como. Tarde: vuelvo a hacer algo. Luego: algo diferente. Noche: me aburro y escribo esto.

Una pena no haber empezado antes.


N.B: Con estas cosas no me extraña que se me descuelguen patrocinadores.

sábado, mayo 07, 2005

Otro tiempo



La soledad embellece a ciertas personas y lugares. Atención, pues.

viernes, mayo 06, 2005

Uno

Todo discurre acompasadamente, con una cadencia que, a fuerza de ser constante, acaba asimilándose como normal. Hasta que una fuerza relativamente pequeña, casi siempre fortuita, vuelve a acelerar el proceso.
Yo, un molinillo.

lunes, mayo 02, 2005

L'Àrtic



Vaig a passejar per l'Àrtic
perque l'any passat vaig anar al Antàrtic.
Acabo de veure un pingüí
mentre capbuçaba pel fons marí.
Unes petites gambes que es diuen krills
es reprodueixen molt depresa i tenen molts fills.
La grossa i bonica foca,
quí sap si es pot aparellar amb una morsa...
Aquest bonic mussol nival
es resisteix fins i tot al rival més brutal.
Quin fred que fà! Estic congelat!
No entenc com el llop àrtic no es pot quedar glaçat.
Aquesta esplanada es plena de gel,
i de nevada no en té ni un pel.
Tot aixó està plé de neu;
m'he tret la sabata i s'hem glassa el peu.

Judit

domingo, mayo 01, 2005

Air



Vándalos...

domingo, enero 23, 2005

Méteo



La música del tiempo.

... Collected

Did you never call? I waited for your call
These rivers of suggestion are driving me away
The trees will bend, the cities wash away
The city on the river there is a girl without a dream



I'm sorry

domingo, enero 16, 2005

Tocar madera



Primavera, dehesa, color si se me apura.
Decidme algún sitio mejor para tener sexo que debajo de una encina.

viernes, enero 07, 2005

Calor


Qué sería de un campus sin aspersores que rieguen con su sonido el silencio de las aulas, los pasos rápidos a las horas en punto y el borde tostado de las sombras. A ver si un día de estos cae el cielo de una vez y nos difumina como Dios manda (bancos incluidos).

domingo, diciembre 26, 2004

El Paraíso



martes, diciembre 21, 2004

Lo familiar



Verano



Ya queda menos
(Take another trip around the Sun...)

Paisaje

Me gustaría pensar que aún sigue así este poste. Pero seguro que algún desaprensivo ya lo ha reparado. Cómo puede haber gente que al viajar no mire por las ventanillas...

sábado, diciembre 11, 2004

Aquí, pero no ahora

Quizá una solitaria luz verde manzana en esos edificios, anticipando el final del día, completaría el cuadro. Demasiado tarde para lo que se pretendía y demasiado temprano para resignarse. Y es que no hay nada más triste que encender las luces a destiempo.

jueves, diciembre 09, 2004

Viento



De nuevo...